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Canal Argentina y Uruguay

Los biocombustibles en Argentina.

La cuestión es el futuro de estos combustibles. Desde el precio del petróleo que los hacen inviables sin ayuda cuando se ubica por debajo de los u$s 70, hasta las novedades tecnológicas que pueden terminar desplazándolos por impacto ambiental y/o costos.

Seguramente en la década del 50, cuando se plantea formalmente en el II Plan Quinquenal la posibilidad de obtener combustibles a partir del maíz, no se tenía mayor idea sobre la sustentabilidad, el impacto ambiental, el conflicto entre energías fósiles frente a las renovables y, mucho menos, el enfrentamiento del Golfo que varias décadas más tarde plantearía un nuevo mapa del poder en el mundo.

Lo más probable es que entonces la fundamentación se basara más vale en un posicionamiento estratégico, de diversificación de las fuentes de energía y, tal vez, de forma más simple y barata que la petrolera de aquellas épocas.

Después de todo, había que plantear el crecimiento en cualquiera de los dos rubros. En materia energética, la Argentina no llegaba a 4 millones de metros cúbicos de petróleo y se desconocía que hubiera reservas.

A su vez, la posibilidad de lograr biocombustibles también era casi virtual, ya que entonces se cosechaban apenas alrededor de 2,5 millones de toneladas de maíz, mientras que la soja prácticamente no existía y su cosecha -oficial- superaba arañando las 600 toneladas.

La tendencia mundial comenzó a perfilarse más a partir de los 70, aunque la limitante siempre fue el precio del petróleo, que acotaba las posibilidades, y también el conflicto energía versus alimentos, que hacía "impolítico" destinar "comida" para producir combustibles cuando el mundo soportaba -y soporta aún- elevados índices de desnutrición.

El tema se atenuó, en parte, cuando comenzó a pesar también el aspecto medioambiental que determinaba que los biocombustibles fueran más amigables y menos contaminantes que la energía fósil (carbón, petróleo, gas, etc.), sin contar que también son renovables.

Así las cosas se llega a una Argentina que crece exponencialmente en materia agrícola, sobre todo a partir de los 90 y, aunque también había alcanzado el autoabastecimiento energético (al punto de haber sido país exportador de combustibles), esta situación se revirtió en la última década, lo que también alentó las inversiones en plantas productoras de biocombustibles, tanto de biodiésel, basado especialmente en la soja; como de etanol de maíz y de caña de azúcar que, hasta entonces, lideraba en la región Brasil desde su Plan Alconafta de los 70.

Y, aunque la Argentina concretó una fuerte legislación y programas de apoyo en los 90, ya en los 70 y 80 había implementado el Plan Alconafta que alcanzó a 12 provincias y luego se desactivó. Posteriormente, la Ley 26.093 se sancionó en 2006 -hace 10 años-.

Lo concreto es que entre 1987 y la entrada en vigencia del "corte", en 2010, los biocombustibles desaparecieron de la matriz energética de la Argentina. La actividad comienza a desarrollarse, otra vez, en los 6 últimos años, cuando la producción de biodiésel crece 150%, a 1,8 millón de toneladas en 7 años, después de haber alcanzado el récord de 2,5 millones en 2014. El caso del etanol es similar ya que en apenas 6 años crece 35 veces hasta superar en 2015, las 800.000 toneladas. Se estima que las inversiones globales del período rondan las u$s 2.500 millones.

En este lapso los avatares no fueron pocos. Los cambios unilaterales en las reglas de juego (aranceles, promociones, etc.), además de las fuertes oscilaciones en el mercado internacional de granos, y la creciente necesidad de recaudación del Gobierno, que determinó que se priorizaban los productos con mayores retenciones (grano y aceite en detrimento de biocombustibles), llevaron también a postergaciones y recortes.

Sin embargo, la crisis energética y la creciente dependencia de las importaciones de combustibles debido al paulatino desmantelamiento del sector petrolero por falta de inversiones, junto a la escasez de divisas para afrontar las compras de un insumo estratégico como el combustible, volvieron a poner a los "bio" en un lugar preponderante, por el "ahorro" que podían implicar.

En tal sentido, el creciente porcentaje de "corte" con los combustibles fósiles lo demuestra. Según el especialista Claudio Molina, "a partir de este mes, el porcentaje de etanol en las naftas pasó al 12%", y adelantó además, que se le está planteando al Gobierno nacional aumentar el porcentaje de biodiésel en el gasoil hasta un 20% de manera sucesiva, partiendo del 12%.

Pero, más allá de la foto actual, no pocos se preguntan sobre el futuro de estos combustibles. Desde temas de mercado, como el precio del petróleo que los hacen inviables sin ayuda cuando el barril se ubica por debajo de los u$s 70 o u$s 75, hasta las permanentes novedades tecnológicas que pueden terminar desplazándolos por impacto ambiental y/o costos.

No cabe duda que los autos eléctricos o el hidrógeno, la energía atómica, etc., son más baratas y/o limpias. Sin embargo, la factibilidad de transformar toda la matriz de motores de combustión a estas nuevas formas, así como el desarrollo de la logística para hacerlo, demandará varios años (al margen del tiempo que se tome para semejante decisión política).

Lo cierto hoy es que la Argentina está en condiciones de adoptar el sistema "Flex" para bioetanol (los motores naftenos de vehículos nuevos ya lo son, pero falta homologarlos), que en Brasil permite cualquier porcentaje de corte en los combustibles. De hecho, el etanol llega allí hasta el 27%, mientras que en EE.UU. se acepta el 15%. En cuanto a biodiésel hay distintas homologaciones al 20% para camiones, ómnibus, etc., y la maquinaria agrícola como tractores, puede funcionar al 100% de este tipo de biocombustible, aunque el consumo es superior al del combustible fósil.

Al margen de esto, una cantidad de aplicaciones de los subproductos de esta nueva industria, desde la "burlanda" (altamente proteínica), estratégica para alimentación animal, hasta el bagazo de la caña que genera energía eléctrica o papel, pasando por algunos de los 1.500 derivados de la glicerina obtenida de la producción de biodiésel, abren una nueva cantidad de alternativas difíciles de magnificar aún, y esto sin descontar que también "la tecnología" juega a favor de los biocombustibles y también pueden aparecer formas más dinámicas y ágiles de producción, adaptadas a otros requerimientos.                               

(Autor: Ámbito)